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La nueva ley de caza en Madrid: “libertad para matar” o el modelo de naturaleza al servicio de unos pocos

La nueva Ley de Caza y Pesca Fluvial que tramita la Comunidad de Madrid no es, según sus críticos, una simple actualización normativa. Para el Gobierno regional se trata de modernizar una legislación antigua y adaptarla a las necesidades actuales de gestión de fauna. Sin embargo, para organizaciones ecologistas, colectivos animalistas y buena parte de la ciudadanía que utiliza el medio natural, la norma supone un cambio profundo en la forma en la que se entiende el campo: quién lo usa, cómo se usa y, sobre todo, a quién beneficia.


El debate no es menor. Bajo el discurso de la “gestión cinegética” y el “equilibrio poblacional”, la ley consolida la caza como herramienta estructural de ordenación del territorio. Es decir, no como una actividad puntual o regulada, sino como un elemento central y permanente en la gestión del medio natural. Y ahí es donde se abre la primera gran grieta entre modelos de sociedad: uno que ve la naturaleza como un espacio compartido, y otro que la entiende como un recurso gestionado bajo intereses concretos.


Un modelo hecho desde dentro del sector:


Una de las críticas más repetidas por los colectivos ecologistas es la forma en la que se ha elaborado la norma. Según denuncian, el texto ha sido trabajado durante años en grupos de consulta donde el peso del sector cinegético ha sido determinante, con participación de entidades como la Federación Madrileña de Caza y fundaciones vinculadas al mundo de la caza. El resultado, según estas organizaciones, es una ley que responde en gran medida a las demandas del propio sector, reforzando su papel en la toma de decisiones sobre el territorio.


El Gobierno regional defiende que la participación ha sido plural y técnica, pero los críticos sostienen que el equilibrio entre intereses no ha sido real. Y que, en la práctica, la normativa refleja una visión muy concreta del medio natural: aquella en la que la caza no solo se mantiene, sino que gana centralidad.


Caza todo el año: la desaparición de los límites reales:


Uno de los puntos más controvertidos es la creación de los llamados planes de control poblacional. En teoría, estos mecanismos buscan agilizar la gestión de especies consideradas problemáticas o con sobrepoblación. En la práctica, según advierten los colectivos contrarios a la ley, suponen una flexibilización muy importante de los periodos de veda.


Hasta ahora, las excepciones debían justificarse caso por caso. Con la nueva normativa, los ayuntamientos podrán activar estos planes de forma más generalizada, lo que abre la puerta a una actividad cinegética prácticamente continua en el territorio.

Aunque formalmente las vedas se mantienen, la facilidad para saltárselas introduce un escenario de presencia constante de la caza en el medio natural.
Para los usuarios habituales del campo —senderistas, ciclistas, corredores o simples paseantes— esto se traduce en una sensación creciente de incertidumbre sobre cuándo y dónde se puede acceder libremente a determinados espacios.


Más especies cazables y más tecnología:


Otro de los elementos que ha generado preocupación es la ampliación del número de especies que podrán ser cazadas, pasando de 24 a 31 en la región. Entre ellas se incluyen aves de humedales con poblaciones sensibles en la península, lo que ha encendido las alarmas de organizaciones conservacionistas.


A ello se suma la incorporación de nuevas tecnologías aplicadas a la actividad cinegética: drones, visión térmica y dispositivos de visión nocturna. Para el sector cinegético, estas herramientas permiten una gestión más eficiente. Para los críticos, sin embargo, representan una intensificación del control y persecución de la fauna, reduciendo aún más las posibilidades de escape de los animales.


Técnicas tradicionales y prácticas cuestionadas:


La ley también recupera o consolida determinadas modalidades de caza que llevaban años en el centro del debate ético y científico. Entre ellas se encuentran prácticas como el uso de animales vivos como reclamo, que algunos colectivos consideran especialmente problemáticas por el sufrimiento añadido que implican no solo para los animales cazados, sino también para los utilizados como señuelo.


Este punto es especialmente sensible porque reabre una discusión que nunca ha desaparecido del todo: hasta qué punto determinadas técnicas de caza son compatibles con los estándares actuales de bienestar animal y con la sensibilidad social creciente hacia el sufrimiento de los animales.


Los perros de caza, otra vez en el centro del debate:


Uno de los aspectos más delicados de la normativa es el tratamiento indirecto que afecta a los perros utilizados en actividades cinegéticas. Organizaciones animalistas llevan años denunciando situaciones de abandono, falta de control y malas condiciones en algunos entornos vinculados a la caza, especialmente cuando los animales dejan de ser útiles.


La nueva ley, según estas entidades, no avanza lo suficiente en mecanismos de protección y seguimiento, lo que deja sin resolver una de las grandes sombras históricas del sector. En este contexto, los perros siguen siendo vistos por muchos como herramientas de trabajo, pero también como víctimas colaterales de una actividad que no siempre garantiza su bienestar.


El acceso al campo: un conflicto silencioso:


Quizás uno de los efectos menos visibles, pero más sensibles para la ciudadanía, es el relativo al acceso a los espacios naturales. La normativa refuerza la posibilidad de limitar el tránsito en determinadas zonas durante jornadas de caza, lo que afecta directamente a actividades como el senderismo, el ciclismo, la observación de aves o simplemente el disfrute libre del entorno.


Los colectivos críticos consideran que esto supone una progresiva restricción del uso común del territorio.

No tanto por la prohibición explícita, sino por la necesidad de adaptar constantemente el ocio y la movilidad a la actividad cinegética. En la práctica, esto genera una sensación de desplazamiento: el campo sigue siendo de todos, pero no siempre está disponible para todos.


Un modelo de territorio en disputa:


Más allá de los detalles técnicos, lo que subyace en todo el debate es una pregunta de fondo: quién decide el modelo de naturaleza que se aplica en la Comunidad de Madrid. Para el Gobierno regional, la ley busca ordenar una actividad legítima y necesaria en determinados contextos. Para los críticos, sin embargo, la norma consolida un modelo donde la caza tiene prioridad estructural sobre otros usos del territorio.


En esa lectura, la sensación que se extiende entre parte de la ciudadanía es clara: el medio natural deja de ser un espacio compartido en igualdad de condiciones para convertirse en un territorio donde ciertas actividades marcan el ritmo y las reglas de acceso.


Un debate que trasciende la caza:


La polémica de esta ley no es únicamente sobre animales o sobre actividad cinegética. Es, en realidad, un debate sobre el uso del espacio público, la convivencia entre diferentes formas de vida en el campo y el papel que deben jugar las instituciones en la regulación de ese equilibrio.


Mientras la tramitación continúa, el conflicto ya está servido. Y lo que está en juego no es solo una ley, sino el modelo de relación entre sociedad, naturaleza y poder en uno de los territorios más densamente poblados del país.

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